Feliz día de las bibliotecas

Feliz día de las bibliotecas

Érase una vez, en una biblioteca. Por Miguel Aguerralde. Escritor

El timbre del 221B repicó dos veces y el doctor Watson se apresuró a abrir la puerta. Tras una breve conversación Holmes escuchó desde su cuarto el taconeo distinguido que acompañaba al del doctor por las escaleras. Dejó el violín a un lado y se preparó para recibir a su nuevo cliente. Buenas tardes, mi nombre es Dorian Gray y recurro a usted para que me ayude a localizar a una amiga. Sé quién es, le respondió el detective, pero dígame, ¿Qué tal su paseo por ultramar, encontró el tesoro o a la ballena? Oh, no se sorprenda, el aroma salino que todavía perdura en su abrigo, junto al salitre que afea sus zapatos y resta brillo a su pelo, me indican que no ha tenido tiempo aún de cambiarse de ropa, por otro lado, es usted demasiado joven para sufrir el lumbago que he percibido al oírle subir cojeando y ese efecto de la humedad, junto con la tez coloreada por el sol me permite asegurar que fue un viaje largo. Por otro lado un aristócrata como usted no viajaría en cualquier pecio, y sólo dos naves con misiones de entidad han arribado esta mañana a Londres. O ha navegado usted con ese insufrible Long Silver en busca del tesoro del capitán Flint o se dejó embaucar por el loco Ahab para acompañarle a la caza de su ballena. Ambos fracasados, por cierto, según he leído. El recién llegado frunció el ceño y negó con la cabeza. No señor, ninguna de las dos. Acabo de volver de un viaje por mar, eso es cierto, pero he tenido la suerte de hacerlo en el fantástico buque del capitán Nemo. Una maravilla singular, se-ñor Holmes. ¡Navega por debajo del agua! Debería usted conocerla. He oído hablar del Nautilus, comentó el detective, restándole importancia, no creí que ese excéntrico lo lograra. Y ahora, señor Gray, me hablaba de una amiga. Sí, así es. Debía reunirme en Londres con la princesa Shereza de de Bagdad, pero mis sirvientes me cuentan que no ha llegado a casa. Para cuándo la esperaban. Zarpó en el barco del llamado Tigre de Malasia hace ahora una semana. Ese Sandokán es rápido, afirmó Holmes, pensativo. Tiene usted razón, ya se me hace extraño. ¿Viajaba sola?

No, señor. La acompañaban tres de los mejores guardias del rey francés, bueno, cuatro en realidad, se les acaba de unir un joven impulsivo pero muy diestro con la espada. El investigador asintió, son las del Mediterráneo aguas peligrosas, dijo, a pesar de la protección de los mosqueteros. No estaría de más comprobar si el barco llegó alguna vez a puerto. Podría llamar a Huck Finn, intervino el doctor, quizá el muchacho sepa algo. Sí, es posible, confirmó el detective, mascando su pipa, Huckelberry y su amigo, ese Sawyer, son buenos husmeando, lo que no sepan lo averiguarán. Me preocupa, señor Holmes, concluyó el tal Gray. Londres es un lugar terrible y peligroso, parece que aún más desde la llegada de ese misterioso conde rumano que se ha instalado en la abadía de Carfax.

Si quieres saber cómo termina esta fábula sólo tienes que visitar la biblioteca de tu municipio. Porque allí es donde sueños como éste cobran vida. En la biblioteca, el cofre de todos los tesoros.

Miguel Aguerralde Escritor
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