Mar Arias lleva la isla a un thriller “en llamas”
“Antes de empezar a escribir, mi habitación parecía una comisaría, llena de cartulinas y post-its”
“Aprendí a leer a los tres años, creo que de puro aburrimiento. Soy hija única y mis padres me llevaban a misa los sábados y los domingos con un cuento en la mano (…) Con algunos años más, cuando ya no era necesario estar conmigo a todas horas, me iba a la librería de mi abuelo y sentada en el suelo de la trastienda, leía todo lo que caía en mis manos”. Este fragmento forma parte de La isla en llamas, pero bien podría ser la biografía de su autora, Mar Arias Couce. Para quienes la conocen, es inevitable ver mucho de ella en Berta, la protagonista de su primera novela.
Periodista, hija única, lanzaroteña de adopción, apasionada de los libros, los gatos y el buen vino… “Es verdad que hay mucho de mí, pero Berta no soy solo yo. También la he perfilado con rasgos de compañeras periodistas”, puntualiza. Lo mismo ocurre con otros personajes, muchas veces a modo de homenaje. Como al llevar a la ficción a ese abuelo que marcó su infancia.
Con “diez o doce años”, fue ella quien se lanzó a poner en palabras el mundo que imaginaba en su cabeza. “Escribía historias en las que aparecía mi grupito de amigas. Nos íbamos a Alemania, vivíamos una aventura, descubríamos un robo… Y luego bajaba a la calle y las leíamos juntas”. Entonces ya tenía claro que quería ser escritora, pero se impusieron los consejos prácticos de su madre -“elige una carrera, que de eso no se come”-, y optó por periodismo, el oficio que la trajo a Lanzarote en febrero de 1999.
De aquella joven que aterrizó con 26 años en la isla, “con un traje de chaqueta, un jersey de cuello vuelto que picaba muchísimo y un abrigo”, afirma que hoy queda muy poco. Desde que llegó al aeropuerto, empezó a quitarse “capas”, y no solo por el calor. “No tengo nada que ver con ella. Antes me importaban cosas que ahora me dan igual. También era más miedosa, más insegura, más negativa…” A ese cambio cree que ha contribuido Javi, el lanzaroteño con el que comparte dos hijos y una nueva familia: la de sangre y la de amistad.
“Al final te vas dando cuenta de que siempre hay cosas que pueden salir mal, pero hay que arriesgar”, afirma. Y eso es lo que está haciendo. En 2020 llegó El hombre al que le gustaban las manzanas, un libro de cuentos cortos, y ahora acaba de ver la luz su primera novela, editada por Siete islas. Es solo el principio. La isla en llamas, que se agotó en la última feria de Los Dolores, forma parte de una trilogía en la que Berta, Miguel, Paco y Gabi seguirán atrapando a los lectores, en un thriller pegado a la realidad social.
Ahora confiesa que lo más difícil es tener que callar cómo continúa la historia, porque la segunda parte ya está escrita. “Tengo a una compañera persiguiéndome para que le cuente qué va a pasar”, bromea con satisfacción. A ella aún le extraña que una desconocida la felicite en el supermercado, pero a la niña que devoraba libros y soñaba con escribirlos -con la que está saldando una deuda pasados los 50- cree que no le sorprendería lo que está viviendo: “Ella se lo creería totalmente, porque era una chiflada, y yo siempre he sido muy imaginativa”.
Isabel Lusarreta
En La isla en llamas hay un cadáver, incendios, una investigación… pero debajo hay una mirada muy concreta sobre la sociedad en la que vivimos. ¿Qué te importaba más cuando escribías: que el lector quisiera saber quién lo había hecho o que, mientras buscaba al culpable, mirara de otra manera la isla?
Yo creo que las dos cosas. Podía haber sido una novela sin más, con un asesino tipo Agatha Christie, pero yo quería poner otras realidades dentro. Por ejemplo, el personaje de Brahim existe. No se llama Brahim, pero hice una entrevista a un niño que llegó a la isla en patera y que me flipó. Sacaba unas notas buenísimas y se quería comer el mundo, quería quedarse aquí, le daba igual que le insultaran. Él decía: “Yo voy a crear mi familia, aquí me van a respetar, me van a querer”. A mí ese niño me impactó y tenía que estar en la novela de alguna manera. Es un personaje que iba a ser casual, pero fue creciendo y llegó para quedarse.

“Como mi cabeza suele ser un mar de surrealismos, se me ocurre una idea y los cuentos los hago rápido, pero la novela tardé más en pensarla”
Siempre has querido ser escritora antes que periodista, pero tu primera novela se apoya muchísimo en el periodismo…
Claro, me ha influido en la manera de escribir. Si yo hubiera sido profesora, probablemente esta novela no estaría así escrita, sería de otra manera. Son entradas breves, más escuetas de lo que sería un capítulo en otros autores, y yo creo que ahí sí hay mucho de periodismo. Y en la realidad que refleja también, porque es lo que hay, es lo que tenemos para bien y para mal. Nos empeñamos en poner cortinas y capas para que solo se vea lo bueno, pero la isla, aunque es preciosa, también tiene cosas malas.
La silueta de Lanzarote aparece en la portada del libro, pero en la novela no le pones nombre a la isla. ¿Por qué necesitabas omitirlo para poder contarla?
Porque hablo de temas que yo creo que son extrapolables a toda Canarias y casi a toda España. La idea del diseño de la portada fue de la editorial, y me pareció muy naif y me gustó, pero lo que estoy contando puede pasar en El Hierro, en Las Palmas… Son problemas que están en toda Canarias: el turismo masivo, la ocupación, la inmigración desbordada…
¿Recuerdas cuál fue la primera imagen o la primera idea que dio origen a La isla en llamas?
No recuerdo la primera imagen, pero desde el principio me lo planteé como una trilogía autoconcluyente, es decir, cada novela se puede leer con independencia de la otra. Y en la primera quise hablar de comportamientos sociales y de la quema de contenedores, porque no llegaban a ser 200 en una semana, pero era una barbaridad lo que estábamos viviendo. De ahí surgía una pregunta: ¿quién se beneficia de cada contenedor quemado, que cuesta 1.300 euros? Tiene que haber algo detrás. Alguien se está poniendo las botas con los contenedores, y se me empezó a ocurrir.
Después de tantos años contando la realidad de la isla como periodista, ¿qué descubriste que podías contar desde la ficción que no te permitía una noticia?
En realidad, muchas cosas que se reflejan en el libro las he contado desde mis columnas. He hablado de vecinos dejando las bolsas de basura fuera del contenedor, o arrastrando un sofá para tirarlo en la calle… He escrito muchas veces sobre mi propio barrio, pero ahora es otra manera ficcionada de contarlo.
“Podía haber sido una novela sin más, con un asesino tipo Agatha Christie, pero yo quería poner otras realidades dentro”
Venías de El hombre al que le gustaban las manzanas y de muchos años escribiendo cuentos. ¿Qué fue lo que más te costó de dar el salto a una novela?
Los cuentos no me cuestan trabajo. Como mi cabeza suele ser un mar de surrealismos, se me ocurre una idea y los hago rápido, pero la novela tardé más en pensarla. En realidad había iniciado varias y nunca llegaban a buen término, porque me acababa cargando a todos los personajes, me aburría. Luego hice varios cursos en el Festival de Literatura y también compré un libro de la escuela de escritores de Nueva York. Fui siguiendo paso a paso todos los deberes que te ponían y ahí me di cuenta de qué era lo que me faltaba. En un curso nos contaron que había escritores brújula y escritores mapa, y yo pretendía ser un escritor brújula, como hago con los cuentos: empieza, se me va ocurriendo la historia y acaba, en un arco perfecto. Lo intentaba hacer así con una novela, pero sin tener nada pensado, y no llegaba nunca a ningún lado. Entonces decidí hacer la estructura antes de escribir, que fue lo que más me costó. Tenía la pared de mi habitación que parecía una comisaría, llena de cartulinas y de post-its, con rayas para un lado y para otro: este muerto ya no moría, este va a ser el malo… Y cuando lo tenía todo pensado empecé a escribir.
“Me han hecho comentarios que a mí ni se me habían pasado por la cabeza. Una vez que escribes una novela, el lector puede imaginar lo que quiera”
¿Y hubo algún momento en el que la historia o los personajes empezaron a fluir ellos solos y a desviarse de ese camino trazado?
Sí, sí. Algunos personajes fueron cogiendo un protagonismo que no me esperaba. Y a algunos que no me caían tan bien, de repente les empecé a coger cariño. Por ejemplo Paco, que al principio iba a ser un caradura y un jeta, ahora es mi personaje favorito, porque fue fluyendo de otra manera. Cuando vas escribiendo, piensas que esto no te pega para este personaje, que te pega otra cosa, y de pronto va cambiando.
También llevabas años publicando un cuento cada semana en tus redes sociales. ¿Qué te ha aportado esa disciplina?
Obligarme un poco a escribir literatura. De repente pensaba en un boli y decía: vamos a escribir una historia de un boli, y de esa idea peregrina salía un cuento. Yo creo que es un poco un ejercicio. Me he obligado a mí misma para no perder el contacto con la escritura, no periodística, sino literaria.
“Si yo hubiera sido profesora y no periodista, probablemente esta novela no estaría así escrita, sería de otra manera”
Como lector o como espectador, uno tiende a echar de menos a los personajes cuando la novela o la serie termina. ¿Cómo se vive como escritora? ¿Al terminar queda una sensación de satisfacción o de vacío?
Pues es una mezcla. Te queda un poco de pena y de vacío, porque me daba mucha pena dejarlos, pero también por eso me puse con muchas ganas a escribir la segunda, porque quería dar solución a algunas cosas. La hice del tirón y después paré, hasta que empezaran a salir, pero pronto quiero empezar la tercera.
¿Qué te dio más vértigo: enfrentarte por primera vez a escribir una novela, o esta fase de presentarla y dejar que la lean los demás?
Esta es mucho más difícil. Me cuesta ser entrevistada, también por miedo a meter la pata, porque en mi cabeza ya hay muchas cosas de la próxima novela que no puedo contar.
“El personaje de Brahim existe. No se llama Brahim, pero hice una entrevista a un niño que llegó a la isla en patera y que me impactó”

Pero más allá de afrontar esta exposición pública, ¿es difícil dejar que lean tu obra?
Creo que esa fase ya la pasé con los cuentos. Me daba muchísimo pudor porque además creo que son mucho más locos. Esto todavía puede pasar, pero los cuentos son un disparate: un señor que se hace chiquitito en un frigorífico y toda la sarta de cosas de Tim Burton que se me ocurren y se me pasan por la cabeza. Ahora con esta no es lo mismo. Es verdad que estoy a la expectativa, a ver qué me dice la gente, pero de momento la respuesta ha sido muy buena.
Y para la autora, ¿qué futuro imaginas? ¿Cuáles son los siguientes retos?
Me gustaría seguir escribiendo, obviamente. Me gustaría ser Galdós, pero he empezado muy tarde (risas). Cuando acabe la trilogía me encantaría pasar a otro tipo de literatura, que igual es la que más me gusta, con fondo. Yo soy lectora de thrillers y me encantan, pero un Murakami… Pero de momento estoy muy contenta y espero que sean muchas más. Me gusta mucho inventar historias y compartir un mundo propio con los demás. Eso me ha gustado siempre, compartir lo que hago, ya sea comida o literatura. Y también me gusta que la novela tenga vida propia. Me han hecho comentarios del libro que a mí no se me habían pasado ni por la cabeza. Una vez que escribes una novela, el lector puede imaginar lo que quiere.
¿Qué ha sido lo mejor hasta ahora?
Que venga alguien y me diga: “Me la he leído del tirón. Estaba enganchada, no he podido dejar de leer”. Eso me encanta. Que la gente se enganche con un libro y no pueda parar de leerlo hasta que acabe, es que te ha atrapado el universo que ha creado el autor. Habrá cosas que tú harías de otra manera, pero el universo te ha atrapado y te gusta.