Recuperar la cultura del agua
Pocos elementos han influido tanto en la cultura de Lanzarote como el agua. La isla aprendió durante siglos a cuidar y valorar cada gota, a impulsar aljibes, maretas, gavias y alcogidas y a diseñar sistemas agrícolas que hoy forman parte del paisaje insular. La llegada de las desaladoras a mediados de los sesenta marcó un antes y un después, terminando con la sed crónica y permitiendo el desarrollo de la isla y su apertura al turismo, pero, paradójicamente, hoy los lanzaroteños desconfían del agua del grifo.
No se trata de una desconfianza sustentada en datos, sino de una idea transmitida durante décadas, repetida sin origen claro y asumida como verdad incuestionable. Frente a esa creencia se alza la campaña “Más grifo, menos plástico”, impulsada desde la divulgación, la ciencia y la educación, y basada en una premisa tan sencilla como difícil de asumir para muchos: el agua del grifo es, a día de hoy, uno de los productos más controlados que consumimos. Aun así, buena parte de la población sigue optando por cargar garrafas de plástico, gastar decenas de euros al mes y normalizar un hábito que tiene consecuencias económicas, ambientales y también sanitarias.
El debate suele desviarse hacia el sabor, como si gusto y calidad fueran conceptos equivalentes. El agua desalada no sabe igual porque no procede de un manantial ni ha atravesado la tierra, pero eso no la hace peor, solo distinta. El paladar, como la cultura, se educa. Y si Lanzarote ha sabido adaptarse históricamente a condiciones extremas, también puede hacerlo ahora frente a un cambio tan simple como aceptar que el agua del grifo es segura.
Quizá el problema no esté tanto en el agua como en lo que hemos dejado de mirar: el plástico que la envuelve, los microcontaminantes invisibles, el consumo que se impone al criterio. Beber agua del grifo no es solo una cuestión de confianza en las instituciones o en la ciencia; es también un gesto coherente con una isla que se reconoce Reserva de la Biosfera y que ha hecho de la sostenibilidad parte de su relato identitario.
Recuperar esa confianza es, en el fondo, un acto cultural. Significa reconciliar pasado y presente, tradición y conocimiento, memoria y datos. Porque mientras las maretas cayeron en el abandono y muchos aljibes privados de viviendas y edificios dejaron de cuidarse como antaño —convirtiéndose en el único punto posible de riesgo—, el agua que llega hasta las acometidas de los hogares lo hace con garantías. Tal vez la clave no sea desconfiar del grifo, sino volver a responsabilizarnos de lo que nos corresponde. Y recordar que Lanzarote siempre supo cuidar lo esencial.
