Tatiana Donoso, poeta y artista visual
Taller “Vengo de muchísimo silencio con el exilio y nunca lo había puesto en palabras”
Hilvanar un paisaje
Encuentro de literatura: Verbena
10 y 11 de junio
El Almacén
Gratuito · culturalanzarote.com
“Los traumas tienden a silenciarse más que a darles cuerpo con palabras”. Eso fue lo que Tatiana Donoso entendió tres décadas después de salir de su Chile natal. El golpe de Estado de 1973, el inicio de la dictadura de Pinochet y la detención de su padre durante tres meses llevaron a su familia a huir del país, primero a Rumanía y después a España. “Los primeros años en Barcelona debieron ser muy duros para mis padres y crecimos con mucho silencio. Yo era una niña y pasaban cosas a mi alrededor, pero ni preguntas ni te explican”. Cuando tuvieron que emigrar, ella tenía tres años y medio y apenas conserva recuerdos. Solo “flashes”, a los que empezó a dar forma a través del arte mucho tiempo después.
“Durante muchos años me dedicé a la fotografía, pero la foto y yo nos dejamos de forma amistosa hace casi 20 años, cuando nació mi hija”, recuerda. En realidad, dejó de ser “productora de imágenes”, pero la fotografía ha seguido ligada a su trabajo y a su labor artística. Por un lado, ha trabajado como técnica de archivos fotográficos. Por otro, se dedica a crear “sobre las imágenes que ya existen”, interviniendo las fotografías para darles una nueva dimensión. Incluso con la poesía, que es otra de sus facetas artísticas, se dedica a “construir imágenes con palabras”.
Su primera obra en ver la luz fue Mi segundo nombre es Soledad, un libro textil con el que quiso recuperar esa memoria de su infancia y del exilio. Lo hizo a través de fotografías familiares, cartas y documentos, sobre las que aplicó aguja, hilo y tela, que la ayudaron a “activar la memoria de ese trauma”. Cuando inició el proyecto estaba atravesando otro cambio vital, la maternidad, que también ha marcado buena parte de su trabajo artístico. “Para mí también tuvo algo de exilio, porque el mundo que conocía desapareció y empecé a habitar otro en el que estaba un poco perdida”.
De explorar ese cóctel de sentimientos nació su primer libro de poemas, Madre Nebulosa, que acaba de presentarse en Lanzarote, dentro del Encuentro de Literatura Verbena, en el que Tatiana Donoso tendrá una doble participación.
El sábado 13 de junio conversará sobre poesía en El Almacén con Juli Mesa; y los días 10 y 11 de junio ofrecerá un taller de bordado sobre fotografía artística, que es su otra gran pasión.
A esta técnica, como a la escritura, llegó a través de talleres impartidos por distintas mujeres que le abrieron los ojos a otras formas de expresión. Sobre todo latinoamericanas, y especialmente chilenas y argentinas, y cree que no es casual. “Cuando era pequeña, como ocurre en las familias de personas migrantes, en el espacio público tú formas parte de una comunidad, pero en el espacio privado sigue operando el imaginario de tu territorio de origen”.
La memoria y las raíces son parte esencial de su obra, y también marcarán el taller que impartirá en Lanzarote. “Hilvanar un paisaje” servirá para aprender esta técnica, pero también para rescatar del olvido imágenes que son historia viva de la isla.
Isabel Lusarreta
El título Hilvanar un paisaje tiene algo muy poético. ¿Qué significa para usted?
Cuando empecé a dar talleres, la gente traía sus propias fotografías: de una excursión, una foto con los hijos… Pero por mi trabajo, pensé que los archivos están llenos de imágenes que no ve nadie, y que sería bonito activarlas a través del bordado sobre foto. Así empecé a dar talleres donde las fotos las elegía y las llevaba yo, y me gustó muchísimo, porque de esa manera también podía explicarlas.
Cuando Lana Corujo me propuso impartir este taller en Lanzarote, le dije que molaría hacerlo con fotos de la isla. En un momento donde hay muchísima desmemoria, fruto del impacto del turismo y de la gentrificación, sacar de los archivos esas fotos de los años 60 y llevarlas al taller permite contar con esa memoria. He estado mirando fotos preciosas de Javier Reyes Acuña que me han prestado de Memoria Digital de Lanzarote, y eso nos va a permitir hablar de quién es y por qué hizo esas fotos.
La gente se relaciona con un material histórico y de alguna manera lo actualiza a través del bordado, que es lo interesante cuando uno entra en el archivo. Al final entras en un diálogo con esa imagen y va a ser leída desde el momento actual.
“Recurrimos mucho menos de lo que deberíamos a los bancos de imágenes para conocer de dónde venimos”
¿Qué ocurre cuando intervenimos una imagen cargada de memoria?
Yo vengo de la foto documental, donde la imagen tiene una verdad, y al final cuando la intervienes, esa realidad se cuestiona totalmente. La fragilizas y la conviertes en otra cosa. Tú puedes modificar esa realidad dura, como también hacemos en terapia o cuando escribimos. Puedes generar relatos diferentes, puedes reescribir tu propio relato, y con la fotografía pasa igual. Al final el bordado es una técnica más de collage, solamente que perforas la imagen y luego la capa es con hilo en vez de meter papel encima.
Hay gente que lo digitaliza y lo trabaja en Photoshop, pero yo trabajo con papeles vegetales. Voy sobreponiendo capas, voy probando dibujos, voy probando cosas y poco a poco la imagen va diciendo: esto puede ser por aquí, esto puede ser por allá… Podríamos decir que la imagen te guía para abrirte, para que tenga otro relato, para meterle cierta fantasía.
Sostiene que recordar es un acto político y de resistencia frente al olvido. ¿Cree que hoy necesitamos más que nunca trabajar la memoria colectiva?
Sí. Hoy y siempre, creo que la desmemoria es profundamente peligrosa. Una sociedad que no recuerda es una sociedad destinada a volver a repetir los errores. Además es que nos quieren desmemoriados, porque somos mucho más manipulables.
Hay toda una orquestación por parte de medios de comunicación, redes sociales y demás para emborracharnos de información, para no pensar y para no hacernos preguntas: ¿De dónde viene esto? ¿Por qué está pasando esto? ¿Ha pasado esto en otro momento…? Eso es lo que nos permite ir atando cabos, teniendo información y generando un pensamiento propio. Yo creo que la memoria y el pensamiento crítico van de la mano.
Su obra reivindica lenguajes tradicionalmente asociados al ámbito doméstico y femenino, como la costura o el bordado. ¿Siente que todavía arrastran cierto prejuicio dentro del arte?
Yo diría que sí. Se tiene que pelear mucho para que se convierta en un arte y si lo hace, tiene que pasar por determinados checks. El tapete de ganchillo que hacía mi abuela, para mí es arte, pero habría que reformular todos los códigos que ahora mismo están escritos, y esa reformulación es la que no se va a hacer. Las sábanas bordadas, todo ese trabajo doméstico y anónimo que llevamos viendo de forma natural, los vestidos de comuniones que se hacían manuales, los vestidos…
Esa frontera que hacen los ingleses con el “art and craft” y aquí con el arte y la artesanía, son cosas de un sistema que también monetiza. Todo aquello que sea puertas adentro y vinculando el cuerpo de las mujeres, va a haber que pelearlo mucho, muchísimo, para que tenga reconocimiento, para que tenga dignidad y tenga valor. Se menosprecia y se denosta la sabiduría de algo que es muy complejo.
Cuando aprendes a bordar y te das cuenta del grado de complejidad y de profundidad que requiere, dices: ¿Pero cómo pueden rechazar esto? Y en cambio les flipan las matemáticas, cuando esto es otra forma de matemática.
En su caso, ¿qué diría que le aporta el bordado como herramienta artística?
A mí me da calma. En estos tiempos tan acelerados, yo podría coser a máquina, pero prefiero coser a mano, me ralentiza. Hace que paren las cosas y me obliga a relacionarme más desde el cuerpo. Además, yo bordo más sobre papel que sobre tela, y el proceso es totalmente diferente.
Para mí es necesario, como manera de apaciguar y de darles espacio a otras formas de expresión que, si no se pierden, como que se pudren. Y dentro de lo cotidiano, ahora mis hijas ya están más mayores, pero en el momento en que empecé a bordar eran pequeñas, mucho más dependientes, y era una forma de hacer práctica artística en un contexto cotidiano, en un contexto privado y con mis hijas al lado.
Por ejemplo, con la escritura es más complicado. Requiere más silencio, pero el bordado es muy fácil, y me permitió poner en diálogo esa práctica con la crianza.
“Interviniendo sobre una fotografía la fragilizas y la conviertes en otra cosa. Puedes generar relatos diferente“
¿Llegó al bordado a través del arte o antes ya cosía?
Bordar no sabía, pero siempre he cosido. Yo vengo de una familia humilde donde la ropa la hacían en casa. Cuando mis abuelas venían de Chile, que se quedaban temporadas largas con nosotros, se ponían a coser y a tejer y yo me ponía con ellas, porque el fuerte vínculo que tengo con Chile viene en gran parte por mis abuelas. No vengo de un contexto artístico, porque en mi familia no hay nadie que se haya dedicado a eso, pero he crecido con los materiales con los que trabajo hoy. Toda la artesanía chilena, el cuero, la cerámica negra… En mi casa había un santuario. Es una manera de trabajar la belleza y a mí el ojo se me ha educado así.
En esta edición de Verbena también se ha presentado su libro de poesía Madre nebulosa. ¿Cómo llega una fotógrafa y artista visual a la escritura?
Primero empecé con la prosa, que no era mi punto fuerte, pero también porque todavía había algo muy emocional. Empezaba a escribir y lloraba, lloraba mucho, porque vengo de muchísimo silencio en mi casa con el tema del exilio y nunca había puesto eso en palabras. Y luego tampoco tenía el tiempo. Mis hijas eran pequeñitas, estaba muy metida en la crianza, y la escritura, como buena práctica burguesa, requiere de tiempo, que era algo que no tenía.
Después llegué a los talleres de poesía, que me permitieron descubrir bibliografía. Yo había leído las cuatro cosas habituales. Venía de una poesía muy masculina, con esa voz heroica y solemne, y yo pensaba: Es que estas cosas a mí no me han pasado, y tampoco tengo necesidad de escribir de los novios que me han dejado ni del amor.
Yo necesitaba escribir de otras cosas: de cuidar a mis hijas, de la vida que tengo, de las cosas cotidianas que me pasan… Entonces empecé a descubrir voces poéticas, como Cecilia Pavón, que para mí fue luminosa. Me encantó cómo utilizaba el lenguaje y cómo contaba cosas super sencillas y super pequeñas, y sentí que yo quería hacer eso.
“Para mí la maternidad también tuvo algo de exilio. El mundo que conocía desapareció y empecé a habitar otro”
¿Y cómo dialogan esos poemas con su trabajo visual?
Yo creo que el hecho de que yo haya trabajado tantos años con la fotografía tiene que ver con los poemas que escribo, porque son muy visuales.
Para mí, la poesía es una pata más para generar imágenes con la palabra. Yo ahora doy talleres con infancia de 8 años y como les gusta mucho dibujar, les insisto en eso. Les digo: la poesía es dibujar con palabras. Simplemente ponéis una palabra al lado de la otra y generáis una imagen.
Pero esa imagen, en lugar de estar en el papel, la generáis en la cabeza de la persona que lee. Esa es la idea que me fue guiando en mi proceso intuitivo de aproximarme a la escritura poética y de quedar prendada de ciertas prácticas de poetas.
¿Qué espera que se lleven las personas que participen en el taller?
Que conozcan una técnica que es muy bonita, y que además la puedes aplicar en tu vida cotidiana, que no es compleja. Requiere cierta pericia pasar del nivel uno al nivel dos; es un curro, pero el primer nivel y las cosas básicas sí podemos aprenderlas. Y sobre todo también descubrir un archivo, descubrir toda la memoria visual de la isla.
Para mí ha sido un descubrimiento el archivo de Memoria Digital de Lanzarote, porque son historias que están ahí, que hay mucho trabajo detrás. Recurrimos mucho menos de lo que deberíamos a estos bancos de imágenes para conocer de dónde venimos. Son herramientas también para recordar y para la historia.
“El tapete de ganchillo que hacía mi abuela para mí es arte, pero habría que reformular todos los códigos escritos”
El 13 de junio también protagonizará una de las conversaciones de Verbena en El Almacén, junto a Juli Mesa, con quien ha compartido talleres de escritura. Con lo que ya se conocen, ¿esa charla se prepara o se improvisa?
Estamos ahí medio preparando, medio improvisando. A mí me interesaría pensar en voz alta qué es la poesía para nosotras, y sobre todo una poesía que no es habitual en este país. Ahora está llegando gente joven que está escribiendo desde otro lugar, mucho más permeada y muy influenciada por la escritura latinoamericana, sobre todo la argentina, que es otro rollo.
Una poesía mucho más fresca, con mucha oralidad, que no es solemne. No hay muchas ocasiones de generar cierto marco teórico fuera de la academia, que a mí no me interesa mucho, sino desde la conversación, desde el encuentro, que me parece mucho más bonito, porque no puede ser que siempre estén pensando los mismos.
Creo que una conversación así tiene tanta validez como una ponencia académica en no sé qué universidad, porque la cultura tiene que ser más horizontal. Todo el mundo “sabe” lo que es la poesía, pero nadie sabe lo que es en realidad. Es algo que te pasa, que te ilumina, es un flash.
Es algo que brilla y que te hace brillar a ti también. Por eso queremos pensar en voz alta, generar referentes, compartirlo, y que otras personas se dejen tocar también.
Esta entrevista fue publicada originalmente en la edición impresa de la Revista Mass Cultura de junio de 2026. Puedes acceder a su lectura en este enlace abajo.
Revista Mensual de Ocio y Cultura de Lanzarote – Junio– 175




