El valor de reconocer
El reconocimiento institucional dice mucho de una sociedad. También de cómo se mira a sí misma, de aquello que decide conservar en la memoria colectiva y de las personas a las que considera parte fundamental de su historia. Durante décadas, Lanzarote mantuvo una relación más bien escasa con sus Honores y Distinciones. Los nombramientos llegaban con cuentagotas y, en algunos casos, demasiado tarde. El reciente impulso dado por el Cabildo ha servido para corregir parte de esa inercia.
Lanzarote no podía limitar durante medio siglo sus máximos reconocimientos a apenas un puñado de nombres. Había —y sigue habiendo— trayectorias merecedoras de mayor visibilidad, y también una evidente necesidad de actualizar una memoria institucional que avanzaba con excesiva lentitud. Sin embargo, quizá el reto ahora sea encontrar el equilibrio. Porque cuando las distinciones se multiplican en muy poco tiempo, aparece inevitablemente el riesgo de que algunas pierdan singularidad o de que el valor simbólico de los honores termine diluyéndose entre largas listas de premiados y categorías cada vez más amplias.
Algo parecido ocurre con el propio formato de entrega. La decisión de reunir en un único acto todas las categorías —desde Hijos Predilectos y Adoptivos hasta Jameos y Timanfayas de Oro— aporta solemnidad institucional y una imagen conjunta de celebración pública; pero también puede provocar que trayectorias verdaderamente excepcionales compartan protagonismo con reconocimientos de naturaleza muy distinta, dificultando que cada nombramiento encuentre el espacio y la atención que merece.
Reconocer es importante. Reconocer bien, probablemente aún más. Y ahí reside uno de los desafíos: consolidar unos Honores y Distinciones capaces de combinar apertura y rigor, pluralidad y prestigio, actualidad y memoria. Porque los reconocimientos institucionales no solo hablan de quienes los reciben, sino también de la forma en que una isla decide contar su propia historia.
