La canariedad
“La identidad isleña, ser canarios y canarias, no pertenece a un partido ni a una corriente ideológica. Actúa como un espacio común donde caben todas las sensibilidades”.
Por: Isidro Pérez ( Alcalde de San Bartolomé)
El poeta canario Pedro García Cabrera escribió en Líquenes que “el mar es un latido permanente”. Esa imagen desmonta cualquier intento de reducir Canarias a una postal, a una foto fija como las que se venden sin alma en las tiendas de souvenirs. Habitar estas islas implica, por lo tanto, convivir con un territorio vivo, lleno de matices, contradicciones y aspiraciones que no caben en una simple estampa turística.
La canariedad —esa mezcla de memoria, carácter y sensibilidad atlántica— funciona como una forma de mirar y de relacionarnos con el mundo. Nos empuja a cuidar lo que tenemos cerca y a proyectarnos hacia fuera sin perder el arraigo. Sin embargo, nuestra identidad, tan celebrada en estas fechas, no puede servir de refugio para esquivar los desafíos que atraviesan nuestra vida cotidiana.
Los desafíos reales detrás de la identidad
La emoción que despierta una isa, nuestro ‘ustedes’ o el ‘mi niña’, el aroma de la maresía o la calidez del acento forman parte de nuestra cultura. No obstante, la experiencia real de vivir aquí la marcan factores más complejos. En primer lugar, una economía que depende un 35% del turismo; asimismo, una insularidad que afronta el coste de la movilidad y el acceso a servicios esenciales; y una historia que nos ha obligado a reconstruirnos tras erupciones, crisis migratorias y desastres naturales.
En este punto conviene recordar a María Rosa Alonso, una de las grandes intelectuales canarias del siglo XX. Ella analizó cómo el territorio moldea la cultura, llegando a manifestar que “la insularidad no es un límite, sino una perspectiva”. No hablaba de geografía, sino de lucidez, porque el territorio afina la mirada y obliga a actuar con más responsabilidad.
Un proyecto común basado en la justicia social
Los datos actuales nos obligan a actuar. La presión turística y la escasez de vivienda pública tensan el mercado. De igual forma, la falta de relevo generacional en el sector primario o las listas de espera sanitarias nos recuerdan que esta es también nuestra realidad diaria. Estos desafíos en pleno siglo XXI no contradicen quiénes somos: al contrario, nos completan. La forma en que resolvemos lo que duele define tanto o más que lo que celebramos.
Por eso, para felicitarnos este 30 de mayo, Canarias debe abordar primero sus problemas estructurales desde todas las administraciones. Desde una mirada progresista, que sitúa a las personas en el centro de las decisiones, la canariedad implica la responsabilidad de garantizar una vivienda digna, reforzar los servicios públicos y proteger el territorio sin convertirlo en mercancía.
Esta tierra mecida por el Atlántico merece algo más que sobrevivir; merece prosperar. Ello exige tomar decisiones valientes para que nadie confunda identidad con complacencia. Canarias no cabe en una postal, pero sí en un proyecto común donde prime la justicia y la dignidad.